24.12.08

#07 · Fiesta Birra y Perdiz y Kokoshca: 'Únete a Kokoshca'

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Notas para una matriz de evaluación de conciertos lo-fi // Vectores a medir: (1) tiempo para subirse al escenario y empezar a tocar [demasiado=0 / 30''=10]; (2) actitud corporal de los intérpretes [firmes=0 / encorvados=10]; (3) comentarios entre canciones [nada=0 / chistes malos=10]; (4) referencias a otros grupos en la vestimenta [chapas de grupos de culto=0 / camisetas mainstream, atemporales, compradas en Tipo=10]; (6) duración [más de una hora=0 / 15 minutos=10] // Otras puntuaciones: (5) pausas para afinar instrumentos [-1 por vez]; (7) gallos o equivocaciones [+1 por vez, +3 si hay que empezar la canción de nuevo]; (8) versiones [+2 si el autor es más conocido que el intérprete / -2 si vicerversa].

Fiesta Birra y Perdiz / sábado 13 de diciembre en el Fotomatón, Madrid / Espanto y Kokoshca + Lacajanegra DJ.

Si alguna vez alguien hiciera tontería semejante a la matriz apuntalada ahí arriba, Espanto sacaría una puntuación altísima. Pero Kokoshca quedaría por encima. Porque fueron dos conciertos chulísimos, encantadores y entrañables con un denominador común: gente que se divierte haciendo la música que le gusta, sin imposturas, poses o efectismos. De lo que ya no hay, apenas, vamos.

A ver si nos vemos. Con esto de la puntualidad madrileña nunca se sabe: si llegas a la hora anunciada, que a dónde vas, que por lo menos hasta dentro de cuarenta minutos nada. Pero si vuelves en una hora, ya te has perdido veinte minutos de concierto. Así que sólo vimos el final de Espanto, o intuímos, porque el bar estaba lleno, y de gente muy alta.

En todo caso, estuvo bien escuchar el hit No cabe un tonto más, con su pegadiza frase de melódica, pero, sea por la sosez del dúo sobre el escenario o sea por la horrible sonorización de aquel sitio, me dejaron algo fría. Me quedo con los CDRs editados por ByP (a ver si actualizáis la web, chavales), impecables colecciones de costumbrismo pop, especialmente Ísimos, una joya que aún es demasiado joven para que podamos valorarla en su justa medida.

Dicen por ahí que alcanzan en él las cotas de Vainica Doble, CRAG o Family. Yo apuntaría más a Kikí d'Akí, un poquitín de Parade y algo de Austrohungría en versión castiza y antimoderna, pero en estado latente. Para mí, con la colección publicada este año, Espanto está tensando el elástico y en el momento menos pensado nos van a pegar el chinazo con una obra maestra de la narrativa cotidiana. Ya verán, nos golpearán en la cara y nos dejarán con caras de tontas, de lo que nos va a gustar, seguro.

Únete a Kokoshca. Pero volvamos a aquella noche, que fue de Kokoshca. Verles en concierto era hacerse fan. A ellos no les gusta el reggae, el ska, el surf ni tú, porque son lo-fi. No llevan el pelo cortado a la moda y se ponen camisetas de los Cramps o Sonic Youth en lugar de vestirse como dos de cada tres chavales de la lista de Pitchfork (por cierto, aquí se puede descargar enterita) y encima se lo pasan bien en el concierto, y se ríen y golpean sus instrumentos con furia y contienen la respiración antes de empezar a cantar.

Además, manejan iconos como K Records, tienen un sentido del humor payasete que recuerda a Beat Happening (Lo-fi, Salou), la despreocupación adolescente de los Vaselines (Peor) y la pizca surreal y apocalíptica de los primeros Surfin' Bichos (Alemania, El cipote de Archidona); pueden ser naif y tiernos sin empalagar (Los domingos, Círculo cuadrado) o pegadizos y yeyés sin hacer el ridículo (Sueña con Dueñas, Carreteras secundarias).

Y si lo que he dicho en los dos párrafos anteriores no son todos los ingredientes para convertirse en los nuevos héroes del indiepop ibérico, es sólo porque la época de los héroes se ha terminado.

Gente molona a tope. Teniendo en cuenta que la fiesta coincidió con el Primavera Club, y con un Barça-Madrid, en aquel bar estaba concentrado lo más del underground local, que incluso dió para un poco de crónica social en la reseña de Lanadadora. El broche lo puso Lacajanegra DJ, mezclando sin piedad hits de ayer (Love will tear us apart con algo de hiphop, creo recordar), allí (mola bailar a Antonna y a Anti fuera de mi habitación) y allá (Younger Younger 28s, qué acierto). En definitiva, una noche redonda que sólo podemos esperar que venga avalada por los gurús de ByP. Vía Karpov, vía Tremolina, ¡viva!


Únete a Kokoshca de Kokoshca (Birra y Perdiz, 2008). Descargar

9.8.08

#06 · Parade en Nocturama

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Manolo tiene toda la razón: si no vuelvo con Parade, ya no vuelvo. Porque Parade, o Antonio Galvañ, que es una forma de decir lo mismo más bonita y más precisa, es una parada indispensable en ese desfile de la músicas populares cursis que estábamos intentando ensamblar por aquí hace un tiempo. Y porque el concierto de Parade, antes de ayer, en el CAAC, era el más especial y jugoso de ese ciclo que hace que los agostos sevillanos escuezan un poco menos.

"La canciones que nos hicieron como somos". Ese era el título, la idea, llenar la velada de versiones significativas. Y no parecía difícil, pues los cuatro discos de Parade están llenos de temas prestados, reinterpretaciones tan naturalizadas que parecen haber sido escritas por él, para él, y encajan tanto en su galaxia particular que ya nadie se acuerda de Jaume Sisa o Antonio y Carmen. O sea, perfecta introducción con la retahíla de héroes de Qualsevol nit pot sortir el sol traducida (que yo sepa no grabada pero sí versión habitual en sus conciertos), momento álgido intermedio con La tristeza de ser electrón y más tristeza irónica en Jamás seré feliz. Y en medio, maravillas como las Coplas del iconoclasta enamorado de Vainica Doble, Víctor de Aventuras de Kirlian, El futuro de Kiki d'Aki, su aportación al homenaje a Family, nueva recuperación de Solera vía Linda prima, algo de Batiatto, otra que cantaba Caetano Veloso, una de una cantante peruana según él maravillosa... y otras tantas por mí desconocidas. Manolo también tuvo la razón cuando dijo que "está claro que este tío tiene mucha más cultura musical que nosotros". Pero mi favorita, por sorprendente, fue "una canción que dice muchas verdades", según la presentó... La Profesora de Primaria de Espanto sonó más honda y trascendental en su piano de cola, pero igualmente entrañable. E ir a un concierto y que aparezca por sorpresa algo de Birra y perdiz es lo más de lo más, evidentemente.

Las canciones que hacen que estemos donde estamos. También hubo sitio para sus composiciones. Hubo dos esquinas de la trilogía zombie, Niño zombie y El último hombre vivo, que brillaron especialmente. También Cuando besó a la cosa del pantano, Todas las estrellas y alguna más, más entretenido cuando le acompañaban un chaval con una guitarra acústica (que se marcó él solo "una instrumental para separar fases" de Baden Powell bastante resultona) y otro lanzando bases y adornando con una melódica. Porque intensidades como Flora Rostrobruno, Primer contacto o Gagarin en Calabuch tienen esa virtud -para mí muy positiva- de la que más de una vez hemos y habéis hablado: pasearse entre lo conmovedor y lo vergonzoso, haciendo equilibrio sobre un hilo que bien puede engarzar perfectamente con una buena producción disquera que hacerte la zancadilla en una puesta en escena poco pretenciosa. Porque quizá a Galvañ le falte carisma para comerse un escenario armado con un piano y un torrente de voz que no llega a la galaxia por la que se mueven los héroes en los que se mira. Y así, ciertos momentos que podrían resultar épicos, quedan diluidos por los prejuicios de la música orientada a adultos. No me refiero tanto al A.O.R. como a esa gente que se toma las cosas en serio.

Porque la gracia de todo esto está en que no pretende alcanzar aquellas cimas. Lo que más nos gusta de Parade es que no es un chico popular ni un ganador ni tiene pinta de brillante. Lo que más nos gusta es que sea un tipo extremadamente freak del que, al cruzártelo en el supermercado, nunca pensarías que es capaz de hablar de todos los viejos temas descorazonadores de la música pop vía Lex Luthor, Eduardo Manostijeras o Abby Cable. La historia del incomprendido, la redención del raro de la clase que no ha conseguido comérselos a todos como su Niño zombie y ya tampoco aspira a ello porque mola más ser la estrella durante un rato, una sola noche, en un escenario insignificante o en la recta final de Flor de pasión. Se puede aspirar a cerrar las bocas de todos los cretinos que van al Nocturama a sentarse en el césped y armar una niebla cuchicheante (que, por cierto, should all be murdered, y cruelmente), pero mola mucho más dejar con la boca abierta a los cuatro fans del programa de Juan de Pablos que te hacen fotos desde la primera fila.

Mientras, C. y M. discutían si para reunir las imágenes que proyectaban -ciertamente cutres muchas, todo hay que decirlo- habría tecleado la palabra clave de cada canción en Flickr o en Google Images. Otra C. lamentaba no haberse acordado de que aquel tío fue el que tocó en el mismo sitio hace dos años y no le gustó nada. L. creo que se arrepintió de no haber elegido el otro plan. Vi a la imbécil de P. por allí al principio, pero el césped se fue vaciando considerablemente. A J. sólo le pareció un poco largo. Sí, fue un concierto larguísimo (¿dos horas y media?). De hecho, cuando sonaba Robot 10 yo ya cruzaba el puente de vuelta a casa y no sé con qué canción concluyó, después de la escapista Metaluna. Yo estoy segura de que a Antonio Galvañ no le importaba tener un público tan disperso - igual que a Manolo no le va a importar que le cite tanto -, ni una tasa de interesados tan baja. Porque él disfrutaba muchísimo allí, tocando todas esas canciones con su piano de cola. Y los que le mirábamos a la cara y le veíamos disfrutar, se lo agradecemos.


Todas las estrellas de Parade (Spicnic, 2006).
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29.6.08

#05 · 7 de junio en Territorios 08 y Caribou: 'Andorra'

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Progresivamente el Territorios va dejando de ser el festival perroflauta y buenrollista (que también, aunque el día de los conciertos gratis estuviera este año deslucido por tormentas torrenciales) para convertirse en la cita ineludible que tiene esta ciudad con el primer mundo en lo que a industrias culturales se refiere. Porque, que en un área metropolitana de un millón de habitantes no hubiera hasta hace un par de años citas como esta, días en los que ver a glorias del indie estatal y a dinosaurios del pop-rock de esas que tanto gustan de hacer el agosto a costa de concejalías de cultura que buscan la gloria fácil y rápida, era cuanto menos inexplicable. Poco a poco Sevilla va entrando en la ¿perversa? dinámica del 'macro-concierto alternativo' y, visto lo visto, no está muy claro con qué signo interpretar este ¿avance?

Dijo Kiko Amat, en un artículo que enumeraba argumentos que no por repetidos dejan de ser lucidísimos, que "la ecuación 'si ver a 1 grupo mola, ver a 750 seguidos molará 750 veces más' no computa". Obvio. Así que sacrificamos al Señor Chinarro, que además mira que está espesito el hombre ahora que lleva el costumbrismo a extremos, con tanto santo y tanto Jesús del Gran Poder, y no le echamos demasiada cuenta (por espesez y porque tiraba más la cerveza con N., la verdad).

El primer objetivo, antes, era escuchar a Caribou y comprobar si la apabullante máquina sónica del Andorra iba a resistir al formato presencial. Y no pero sí, porque los de Dan Snaith no se defienderon demasiado mal: mucho pregrabado y machaque percutivo para enfilar momentos realmente chulos, llenos de psicodelia contenida, melodías brillantes e inmediatez artificiosa. Cien veces mejor cuando se acordaban de que son fans de Brian Wilson que cuando languidecían hasta extremos peligrosamente parecidos a los peores tics de Mogwai, eso sí.

Justo después, Yo la tengo. Aquí no se esperaban sorpresas: correctos a más no poder. Veinticuatro años tocando, sin caerse de su pedestal de luminaria indie-rock, significan suficiente solidez como para montarse hora y pico de espectáculo arrollador sin apenas pestañear. Lo que ya sabemos: melodías legañosas, shoegazing, folk, pinceladas intimistas entrañables y largas catársis ruidistas. Enormes, talentosos, efectivos, imponentes... pero como ya lo sabíamos, dio para un rato la mar de agradable pero no demasiado memorable. Difícil que es una para las grandes estrellas, perdónenme.

Y luego, lo de los New York Dolls... Aquello, por seguir la cita de arriba, era "la sublimación máxima de la idea de la música como máquina productora de dinero, en su manifestación física más nuremberguiana", claro estaba. No hay otra forma de explicar qué leches hacíamos allí mirando ensimismados a aquellas caricaturas supervivientes llamadas David Johansen y Sylvain Sylvain. ¿Que no sonaban tan mal? Pues vale, pero yo de los megavatios de electricidad que recorren el disco de 1973 no vi ni chispa. Y sin calambres no hay diversión.

La involución es como si, treinta y cinco años después de haberse teñido la herencia hard-rockera con pigmentos de glam y protopunk y ponerse superguapos, se les vieran las raíces. El hard-rock no mola nada (porque está demasiado cerca del 'cock-rock', entre otras razones prejuiciosas mías), eso es indiscutible, y hacer una versión del Piece of My Heart de Janis Joplin mucho menos. Envejecer haciéndose jipi es poner en evidencia que nunca te enteraste de nada... lo afirma tajantemente una que ni siquiera tuvo paciencia para tragárselos enteros y se perdió la recreación del Personality Crisis, que dice Blas que fue "desmelene absoluto". Permítanme que lo dude, que ya vi que les queda demasiado poco pelo para tal despliegue.

Que termine el Amat, ya que estamos: "se impone plantearse si otras formas de presenciar la fabricación de música pop son factibles. Formas más baratas, menos centralizadas, menos masificadas, más cercanas y más humanas." Menos espectáculo llenaparques y más conciertos buenos, ¡hostia!


Andorra de Caribou (Merge, 2007). Descargar