9.8.08

#06 · Parade en Nocturama

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Manolo tiene toda la razón: si no vuelvo con Parade, ya no vuelvo. Porque Parade, o Antonio Galvañ, que es una forma de decir lo mismo más bonita y más precisa, es una parada indispensable en ese desfile de la músicas populares cursis que estábamos intentando ensamblar por aquí hace un tiempo. Y porque el concierto de Parade, antes de ayer, en el CAAC, era el más especial y jugoso de ese ciclo que hace que los agostos sevillanos escuezan un poco menos.

"La canciones que nos hicieron como somos". Ese era el título, la idea, llenar la velada de versiones significativas. Y no parecía difícil, pues los cuatro discos de Parade están llenos de temas prestados, reinterpretaciones tan naturalizadas que parecen haber sido escritas por él, para él, y encajan tanto en su galaxia particular que ya nadie se acuerda de Jaume Sisa o Antonio y Carmen. O sea, perfecta introducción con la retahíla de héroes de Qualsevol nit pot sortir el sol traducida (que yo sepa no grabada pero sí versión habitual en sus conciertos), momento álgido intermedio con La tristeza de ser electrón y más tristeza irónica en Jamás seré feliz. Y en medio, maravillas como las Coplas del iconoclasta enamorado de Vainica Doble, Víctor de Aventuras de Kirlian, El futuro de Kiki d'Aki, su aportación al homenaje a Family, nueva recuperación de Solera vía Linda prima, algo de Batiatto, otra que cantaba Caetano Veloso, una de una cantante peruana según él maravillosa... y otras tantas por mí desconocidas. Manolo también tuvo la razón cuando dijo que "está claro que este tío tiene mucha más cultura musical que nosotros". Pero mi favorita, por sorprendente, fue "una canción que dice muchas verdades", según la presentó... La Profesora de Primaria de Espanto sonó más honda y trascendental en su piano de cola, pero igualmente entrañable. E ir a un concierto y que aparezca por sorpresa algo de Birra y perdiz es lo más de lo más, evidentemente.

Las canciones que hacen que estemos donde estamos. También hubo sitio para sus composiciones. Hubo dos esquinas de la trilogía zombie, Niño zombie y El último hombre vivo, que brillaron especialmente. También Cuando besó a la cosa del pantano, Todas las estrellas y alguna más, más entretenido cuando le acompañaban un chaval con una guitarra acústica (que se marcó él solo "una instrumental para separar fases" de Baden Powell bastante resultona) y otro lanzando bases y adornando con una melódica. Porque intensidades como Flora Rostrobruno, Primer contacto o Gagarin en Calabuch tienen esa virtud -para mí muy positiva- de la que más de una vez hemos y habéis hablado: pasearse entre lo conmovedor y lo vergonzoso, haciendo equilibrio sobre un hilo que bien puede engarzar perfectamente con una buena producción disquera que hacerte la zancadilla en una puesta en escena poco pretenciosa. Porque quizá a Galvañ le falte carisma para comerse un escenario armado con un piano y un torrente de voz que no llega a la galaxia por la que se mueven los héroes en los que se mira. Y así, ciertos momentos que podrían resultar épicos, quedan diluidos por los prejuicios de la música orientada a adultos. No me refiero tanto al A.O.R. como a esa gente que se toma las cosas en serio.

Porque la gracia de todo esto está en que no pretende alcanzar aquellas cimas. Lo que más nos gusta de Parade es que no es un chico popular ni un ganador ni tiene pinta de brillante. Lo que más nos gusta es que sea un tipo extremadamente freak del que, al cruzártelo en el supermercado, nunca pensarías que es capaz de hablar de todos los viejos temas descorazonadores de la música pop vía Lex Luthor, Eduardo Manostijeras o Abby Cable. La historia del incomprendido, la redención del raro de la clase que no ha conseguido comérselos a todos como su Niño zombie y ya tampoco aspira a ello porque mola más ser la estrella durante un rato, una sola noche, en un escenario insignificante o en la recta final de Flor de pasión. Se puede aspirar a cerrar las bocas de todos los cretinos que van al Nocturama a sentarse en el césped y armar una niebla cuchicheante (que, por cierto, should all be murdered, y cruelmente), pero mola mucho más dejar con la boca abierta a los cuatro fans del programa de Juan de Pablos que te hacen fotos desde la primera fila.

Mientras, C. y M. discutían si para reunir las imágenes que proyectaban -ciertamente cutres muchas, todo hay que decirlo- habría tecleado la palabra clave de cada canción en Flickr o en Google Images. Otra C. lamentaba no haberse acordado de que aquel tío fue el que tocó en el mismo sitio hace dos años y no le gustó nada. L. creo que se arrepintió de no haber elegido el otro plan. Vi a la imbécil de P. por allí al principio, pero el césped se fue vaciando considerablemente. A J. sólo le pareció un poco largo. Sí, fue un concierto larguísimo (¿dos horas y media?). De hecho, cuando sonaba Robot 10 yo ya cruzaba el puente de vuelta a casa y no sé con qué canción concluyó, después de la escapista Metaluna. Yo estoy segura de que a Antonio Galvañ no le importaba tener un público tan disperso - igual que a Manolo no le va a importar que le cite tanto -, ni una tasa de interesados tan baja. Porque él disfrutaba muchísimo allí, tocando todas esas canciones con su piano de cola. Y los que le mirábamos a la cara y le veíamos disfrutar, se lo agradecemos.


Todas las estrellas de Parade (Spicnic, 2006).
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